¿Puede un vaso tener una historia? Si hablamos de un vaso de gres hecho a mano, sí, y mucho. Porque esos vasos no son sólo un utensilio para transportar la bebida, sino también una pequeña obra de arte nacida de la combinación de tierra, fuego y trabajo.
El gres, es decir, la "cerámica de piedra", tiene una estructura robusta y resistente, como su nombre indica. Este tipo de cerámica, que se cuece entre 1200 y 1300°C, es duradera y conserva su naturalidad gracias a su superficie mate o semibrillante, a diferencia de la cerámica ordinaria. Su resistencia al calor la hace no sólo bella, sino también útil.
Para mí, las tazas de gres añaden peso a los momentos que pasan desapercibidos en la vida cotidiana. Esa textura ligeramente rugosa que sientes bajo la mano mientras te tomas el café de la mañana te recuerda que en realidad estás en contacto con la naturaleza. Cada una está moldeada a mano, cada una es única: no hay otra igual.
Para los que gustan de diseños refinados, hay formas sencillas y modernas; para los que buscan un estilo más orgánico, hay vidrios texturizados, asimétricos y con trazos de naturaleza. Los colores son en su mayoría tonos tierra y piedra: teja, gris, crema, a veces un verde intenso.
Utilizar tazas de gres no sólo significa beber, sino también detenerse, sentir, sorber. Es como una pequeña objeción contra el ritmo acelerado de la producción prefabricada. Quizá por eso estos vasos no sólo llevan una bebida, sino también una filosofía de vida.

